domingo, 17 de octubre de 2010

Sobre la UB que vivo

La Universidad de Barcelona está en la picota. Según muchos de sus catedráticos, la prestigiosa UB es una de las mejores universidades del mundo, de Europa y, cómo no, de España. Siempre repiten que es la que presenta “los mejores índices en las tablas internacionales” del saber universitario (donde siempre, siempre, siempre, ganan las unis anglosajonas). Pues bien, en el informe Academic Ranking of World Universities, la UB está en el puesto número 201, junto a la Universidad Complutense de Madrid, la Universidad de Valencia, y muchísimas otras. La UB, por lo menos, está entre las 500 mejores, podrían consolarse muchos meatintas que dicen ser catedráticos. La UB, en realidad, no es una buena universidad.

Si un alumno desea estudiar en la UB, sepa que entrará dentro de un sistema universitario monstruosamente normativizado y burocratizado, en el que se cuentan hasta siete vicerrectores (todos ellos funcionarios) para distintas áreas que, miren por dónde, funcionan con poca o nula eficiencia. La excesiva burocratización supone un tremendo freno a las aspiraciones de la misma UB, que no encuentra una vía de escape plausible a su ineficacia: muchos de los que vanaglorian la UB siendo de la misma UB, son los mismos que después, en petit comité, critican su falta de miras, de ambición, de inspiración, de dinero y, en fin, de personal. Cuando un alumno necesita hacer un simple trámite a la secretaría de su facultad, debe esperar de entre media y una hora para que luego los cuatro “secretarios” no quieran/puedan facilitarte el trabajo por culpa de que o bien te falta un papel, o un sello, o un documento acreditativo, o bien porque no sabes qué sucede o qué pasará, etcétera. Así, se quitan trabajo, se lo dan al administrado (que además, al pagar una cuota anual, es cliente) y siguen tranquilamente inmersos en su vida de tedio insoportable.

Dejando de lado al personal llano, que solamente necesitaría una revisión, o hasta un pequeño toque de atención después de ampliarlo, debemos cuestionar sobre todo al profesorado. Si la UB es una universidad prestigiosa en el mundo, entonces tiene unos profesores de prestigio, ¿verdad? Algunos son, sin lugar a dudas, excelentes. Desgraciadamente, son la minoría, y muchos de esta minoría no están relacionados con los grandes jefazos de la universidad (el corrillo de catedráticos bien conectados entre sí y con algunos poderes fácticos de la Administración Pública catalana). Desgraciadamente, muchos catedráticos han ganado su cátedra de forma dudosa, pues el alumno cuando está ante estos rinocerontes de la monotonía, se da cuenta de que o el profesor que tiene ante sus narices es deficiente mental o que es un vago desconsiderado que no desea impartir clases cuando es su obligación, o que es un cabronazo fiel a sus amigos tan catedráticos como él y tan aburridos de la vida como él. De este perfil, muchos se encontrarán, muchos hemos encontrado y muchos persistirán (ya que muchos, además, están bien conectados con excomponentes, o fueron excomponentes, de un partido extinto que le fue oposición catalana e izquierdista al dictador Franco; hablo del PSUC). Un apunte más, alumnos de la UB. Un apunte más: las encuestas que pasan cada fin de semestre para valorar a los profesores son vinculante cada cuatro años, y para ciertas/os profesoras/es jamás lo son, pues éstas/os tienen derecho a elegir qué cursos o materias impartir.

Os dejo el link del Academic Ranking of World Universities: http://www.arwu.org/

lunes, 23 de agosto de 2010

La Segunda Declaración de Derechos


El 11 de enero de 1944 el presidente de los Estados Unidos de América, Franklin Delano Roosvelt, dio su último Discurso del Estado de la Unión; lo dio por radio porque estaba demasiado débil y enfermo como para aparecer ante el Capitolio de Washington. Pero la última parte de dicho documento hizo que fuese retransmitido por televisión: era un documento fuertemente rompedor, completamente nuevo, que pretendía construir una nueva era de derechos en el mundo político: los Derechos Sociales.

Unos meses después, Roosvelt murió, y fue sucedido por su vicepresidente Truman, quien olvidó la Second Bill of Right, pues debía terminar la guerra contra los japoneses. El tiempo diluyó el documento (deseo, testamento, herencia perdida) del presidente que más años estuvo en el cargo. Roosvelt no fue solamente un estadista, sino un visionario que preparó el terreno para la inclusión de los derechos sociales en las Constituciones que se fundaron terminada la guerra: Italia con su constitución de 1947, Japón con la suya de 1948, Alemania con la Ley de Bonn del ’49, todas ellas concluían que los derechos individuales de todo ser humano deben estar complementados por una serie de derechos sociales que emanan primeramente de la soberanía popular y que el Estado que se crea democráticamente a partir de ella debe vigilarlos y sobre todo rentabilizarlos.

Los derechos sociales que Roosvelt quiso establecer para los Estados Unidos eran:

Derecho a un empleo con salario decente.
Libertad económica ante monopolios y competencia desleal.
Derecho a la Vivienda.
Derecho a la Sanidad.
Derecho a una justa, ecuánime y completa Educación.
Derecho a la Seguridad Social.

Todos estos derechos sociales no fueron aplicados “constitucionalmente” en Estados Unidos, y ello ha sido uno de los grandes huecos por el que se ha echado al garete la reglamentación económica exagerada que ha desembocado en la gran recesión financiera que nos ha llevado a la crisis que aún hoy vivimos (y ya han pasado dos años, lo que podemos decir que vivimos en una Depresión sistémica del capitalismo, si bien mucho más leve que la de setenta años atrás). En las constituciones posteriores a la idea política de Roosvelt (epílogo de tantas ideas intelectuales de pensadores de su tiempo) se escribieron estas leyes, pero sin la cláusula ética de que todo gobierno debía vigilarlas por el “bien común”, y no según el “bien ideológico” o el “bien del partido”, como, desgraciadamente, ha sucedido en todos los países que hoy sufren la implosión del sistema capitalista (un hecho que durará hasta 2017, según los expertos).

Existe sin embargo una ley social que Roosvelt olvidó porque aún no parecía de relieve pero que hoy en día es imperativa: Derecho a una justa información periodística basada en los hechos objetivos de toda información y no en las opiniones subjetivas de quienes ejercen dicha ética profesional para la propaganda o cualquier búsqueda de poder de influencia hacia la ciudadanía y hacia la libertad del pueblo. Roosvelt, amante del capitalismo pero consciente de que amaba una bestia parda que, si no se controlaba adecuadamente, podía ser muy dañina, no pudo darse cuenta de lo que significaría en los tiempos actuales buscar información objetiva de la buena, sin interferencias de los periodistas y de los intereses capitalistas que ven en el periodismo otro campo de competencia.

Creo en los derechos sociales. Pero también creo firmemente en el capitalismo, un sistema con el cual puede desarrollarse adecuadamente el sistema sociopolítico de la democracia. Si bien no son el mismo ente, pueden complementarse mutuamente y dar grandes frutos. Pero para ello deben equilibrarse, deben autocontrolarse el uno a la otra y viceversa; deben poseer cada uno una ética que no les haga descarriar. No todo vale. Tampoco por los derechos sociales, herramientas democráticas para vigilar el capital.

Son tiempos de cambios. Parece que veremos su desilusión si no actuamos con prontitud.

jueves, 19 de agosto de 2010

Sistema idiotitzat i Diners

Avui, un exercici de demagògia.

El Bon Millet va dir a la sortida d’un bar: “Si parlés, més d’un tremolaria”. Un altre dia, en mig de l’expectació periodística al Parlament de Catalunya, on el Bon Millet havia estat citat per a declarar en el cas de corruptela que ha estat batejat amb el seu nom, un altre dia el Bon Millet, cigarro en mà, enrient-se dels qui volien declaracions seves, va comentar, somrient: “Em deixeu fumar en pau? I em deixaríeu agafar el meu taxi? Gràcies”. Veu greu, de fumador, de cabró, un llest que personifica la podridor del Sistema polític català. Una podridor que fa anys que deixa un tuf de rates mortes però mai sepultades, una pudor que mareja la nostra democràcia. Tots els partits polítics, tots, són la causa. Perquè, desgraciadament, la nostra democràcia es basa en la força dels partits i de la classe política que creen.

El sistema polític català és, avui més que mai, la seva classe política, s’han fet simbiosi. La classe política catalana, transversal, plena de llestos i arribistes, amb periodistes que es prostitueixen i poca moral per totes bandes, ha deixat que després de vint-i-tres anys de pujolisme, masses anys de Pujol, que no de CiU, el país es re-podrís amb una coalició “d’esquerres” que ha portat el país a la ruïna. Abans aquesta nació posseïa el 33 per cent del PIB español; avui té el 18 per cent. Encara és la comunitat autònoma solidària més rica, però està ja lluny de la Lliga de les quatre millors, ara Navarra, Euskadi, Cantàbria i Madrid (sí, la comunitat autònoma de Madrid, tot i tenir un deute astronòmic de 3000 milions d’euros, és més rica en PIB per càpita que Catalunya; fins el 2004 les quatre CA més riques eren Navarra, Euskadi, Catalunya i Balears. Euskadi i Navarra no són, i mai han estat, tan solidàries com Catalunya, i si més no són més respectats a les Castelles i a la Meseta en general). La Coalició d’esquerres, imposant una dictadura del políticament correcte –tot el que no entra en els seus esquemes és considerat pels seus intelectuals de pacotilla, ex-comunistes, endogàmics d’universitat i d’administracions, com a fatxa–. CiU, de totes maneres, no ha sabut liderar un canvi generacional desitjat per molts, i ha perdut el centre del catalanisme en favor d’un independentisme cada vegada més ampli però cada cop més dispers. El Sistema és putrefacte perquè la classe política catalana està molt podrida, plena de xulos i arribistes que només desitgen un tros del pastís.

Si jo fos el pròxim president de la Generalitat de Catalunya, la primera cosa que faria, primeríssima, seria ordenar la fi de tot moviment de capitals a la ciutat capital de l’Estat (entenent-se per aquesta l’Administració General de l’Estat Espanyol), avisant al rei (cap d’Estat espanyol) i al president del Govern Central del nostre tancament de caixes unilateral. Cap més cèntim es mouria de Catalunya. També s’avisaria al perillós líder de la oposició, aquella gavina boja que mai se sap si ve o se’n va, a qui se li diria que si el seu boig partit crida anticatalanisme, el tancament unilateral de caixes seria més fort, més prolongat. Es tracta de crear una crisi institucional des de la nostra nació, però aquest cop amb els diners d’avantguarda i no de reraguarda –com fins ara s’ha fet–, per a doblegar Espanya i els seus interessos. Per a que una nació funciona, necessita capital, i Catalunya el té però en regala massa als Tresors de les CA que més subvencionen de part del Tresos Central Estatal. Els diners són, com en totes les nacions, una possible i propera salvació. Si des de la Meseta hi hagués cridòria, Catalunya amenaçaria amb la independència, previ avís a la UE, al rei i al Govern Central. Si els xiscles dels mariachis carpetovetònics no cessessin, la independència seria una realitat. Però, no ho oblideu, amb tancs i cabres per la Diagonal.

sábado, 31 de julio de 2010

Fart i mig

Aquest post és una continuació de l’anteriorment publicat El 10 de juliol de 2010. Després de la Manifestació del Deu de Juliol, com molts ja l’han anomenat, la classe política catalana, un cop més, no ha sabut representar, com gran part de la ciutadania representada i present a la Manifestació desitjava, els interessos nostres. De totes maneres, parlar ara de les elits polítiques catalanes deixaria mal sabor de boca. Prefereixo parlar, ara mateix, del que penso, crec, estic convençut, que hauria de fer la ciutadania catalana: Organització.

Tota Organització, amb O majúscula, és fruit de l’Ambició. La ciutadania de la nostra nació ha d’ésser ambiciosa, molt ambiciosa, però amb racionalitat, amb seny, i la rauxa necessària, la passió que fagi falta, per a fer valer els propis interessos. Els interessos de Catalunya, del poble català, són diversos i alguns d’ells tan transversals com la mateixa població catalana. Sí, Catalunya és una nació, i té dret a decidir tot allò que anhela decidir. Per tant, l’Ambició per a una Organització de la ciutadania és, si més no, obligatòria.

La Organització de la que parlo ha de sorgir de la mateixa ciutadania, amb la inestimable ajuda de totes aquelles associacions, federacions, corporacions, clubs i altres entitats que, per a fer-se valer com a poble unit i lliure, de dues llengües i amb voluntat de plena sobirania per al propi futur, estan posicionades amb solidaritat i fermesa per a la defensa pacífica però constant (una cosa que molts dels nostres polítics no volen conèixer) dels nostres interessos més rellevants. Catalunya és una nació amb fermes bases mediterrànies que no ha d’oblidar pas el seu passat, però no pot fer-se la cega amb llur present i, sobretot, amb el seu futur. Catalunya ha de ser Valenta. Ambiciosa. I per l’Ambició, s’ha de lluitar, democràtica, pacífica i fermament, per a fer-se valer. Les elits polítiques catalanes són prou covardes com per actuar que estan unides i/o dividides segons la conjuntura del dia, de l’hora o fins i tot dels minuts. Les elits polítiques, i empresarials i mediàtiques que les recolzen i es retroalimenten, han de veure que la nació vol tallar’ls-hi el cap a tots ells: els seus mètodes ja han caducat. Ara és la hora de la ciutadania. “Que rodin els caps dels polítics” no vol dir que ens hem de presentar amb ganivets a tots els palaus, departaments i empreses públiques del país (així ens trauríem de sobre quasi un milió de catalans, arribistes o no), sinó que a les properes Eleccions autonòmiques –que a mi m’agrada anomenar-les Eleccions nacionals– la ciutadania ha de poder crear una plataforma, o unes entitats, gens polítiques, que animin a votar nul o blanc. Perquè l’emprenyament ja ha passat a ser esgotament. Els catalans estem esgotats. I jo, personalment, m’he cansat d’Espanya. M’agradaria moltíssim poder pensar, com fa fins molt poc, que encara es pot persuadir a Madrid (símbol del centralisme castellà i, de retruc, conservador espanyol –conservador en actituds socials, no polítiques, actituds que tenen els dos grans partits de l’Estat–) de que dins d’Espanya hi ha altres nacions orgulloses de ser-ho que, si es vol que es mantinguin en l’Espanya unida, han de cooperar també en el Govern de tot l’Estat, una cosa que no és real, i casi mai ho ha sigut, per la desconfiança, la histèria, la mala voluntat de molts, les mentides d’altres, l’odi d’uns que semblen molts i que potser sí ho són, i el desconeixement irrisori, primitiu i fins i tot estúpid de gran part de la població que posseeix l’actitud conservadora castellana-espanyola (cadascú ho digui com vulgui, perquè és una savoir-faire espanyol, també present a Catalunya, que és complex i complicat d’enraonar i explicar).

La votació al Congrés dels Diputats va ser el gran ridícul de les elits catalanes. Per tacticisme, per desconfiança mútua, per nervis, pel que sigui, van anar descoordinats i el PSC, a més, no va saber defensar els interessos del país que, teòricament, diu defensar. L’ambigüitat no els va funcionar (i aquí no només parlo dels socialistes). A Madrid ho van veure com una espècie de “victòria” encara que no van saber del tot què passava a Catalunya. La selecció espanyola de futbol va guanyar la Copa del Món, merescudament (i em vaig alegrar molt, moltíssim), i això ho van veure com que a Catalunya tots, d’un dia per l’altre, se sentien espanyols. Molts van “sortir de l’armari”, o “del calaix”, o “del rebost”, i van fer-se sentir com a espanyols i catalans i/o viceversa. Altres, encara que no se senten espanyols, van alegrar-se perquè a l’equip seleccionat per Del Bosque hi havia ni més ni menys que vuit catalans i que, uns quants d’ells, van enarborar la nostra senyera, dient-li al món que Catalunya era part importantíssima en la consecució d’aquest Mundial 2010. (Vaig escoltar que un “periodista” de la Caverna Mediàtica se li va escapar, al veure la senyera de Xavi i Puyol, Esto puede provocar). Això, per desgràcia de molts d’aquí i sobretot d’allà, és una prova palesa de que l’emprenyament català de que a Madrid no es vol entendre la voluntat d’enteniment que aquí s’anhela era un fet i no un somni d’uns quants eixelebrats radicals. Per molt que fatxes d’actitud conservadora castellana-espanyola radical i independentistes catalans radicals vulguin fer veure, Espanya va guanyar la Copa del Món gràcies a un grup de professionals que, a Sudàfrica, van ensenyar al planeta que estima soccer que la nació catalana era viva, si més no dins d’Espanya. Va ser un esdeveniment, una manifestació més, que en aquesta societat líquida ha quedat oblidada, però que jo recordo.

Des de Madrid es veia com una victòria que la Selección hagués per fi guanyat una estrelleta a sobre de l’escut bordat en la samarreta roja. Però unes setmanes després el Parlament català va prohibir les corrides de toros, avisat de que la mateixa gent que va presentar la iniciativa legislativa popular per aquest fet, en presentaria una altra per a la prohibició dels correbous. Aquesta prohibició penso que és contraproduent social i políticament per a Catalunya, però que s’ha debatut de la forma més democràtica: presentada una ILP, s’ha fet debat social i finalment els diputats dels dos grans partits catalans han tingut dret de vot, perdent-se, per uns moments, la tan maleïda disciplina de vot que tants estralls ens porta. La prohibició s’ha fet democràticament. Però a Madrid això ho veuen com una venjança, i ja fan soroll, una altra vegada, capitanejats una altra vegada pel Partit Popular, grup polític completament ademocràtic, contra la ciutadania catalana en el seu conjunt. Busquen, un altre cop, confrontació. Els mariachis de la dreta pura castellana (l’extrema radicalització de l’actitud centralista castellano-espanyola) ja han esmolat les seves dents i ja vomiten litres de verí. Sembla que han oblidat que la Comunitat Autònoma de les Illes Canàries va prohibir les corrides de toros el 1991. Aquest és un estiu molt interessant.

Davant la tossuderia irracional dels que no volen entendre el seu país Espanya, i davant la tossuderia també irracional dels que no poden sofrir Espanya des de la nació catalana, hem de ser valents i deixar-nos de bestieses. Volem que els polítics actuals segueixin en aquest Sistema en què no tenen consideració ciutadana, sinó arribista, o volem que els ciutadans, els veritables polítics, els que sí han de posseir força política davant titelles que, segons com estan els astres, són amics, amants, coneguts, rivals, enemics o saludats, fagin del seu país un lloc millor? És que no recordem la Manifestació del 10 de juliol? Ara és la nostra hora, hem de Organitzar-nos per a fer front al símbol que ens lliga al passat: si volem que Catalunya sigui independent, o més autònoma, o millor a seques, hem de manifestar-nos, o concentrar-nos, cada mes, demanant el cap de tota la classe política catalana covarda que no sap què és el coratge de representar, com nosaltres manem, la dignitat del poble. Són paraules que poden ser extretes de qualsevol pamflet demagog i populista, que poden ofendre, que poden ser insultants i menyspreades per molts. Però són també paraules d’una persona farta d’aquest Sistema polític nostre, el català, que ja no sap què és l’Excel•lència.

Si volem que a Madrid no ens prenguin el pèl, no se’ns pixin al damunt, no se’n riguin de nosaltres, no ens menyspreïn, etcètera, hem d’acabar amb la política d’aliances que va parir la Convergència i Unió pujolista, i hem de començar a deixar de veure als bascos del PNB com a amics, perquè ells no ens veuen com a tal, sinó com a rivals (són bascos). Hem d’aprendre dels bascos, sobretot en el tema d’espantar a les Castelles. I hem de plantar-nos. Considero que la Generalitat de Catalunya ha d’abandonar la idea il•lusòria dels Països Catalans, que ha de mirar pels interessos del que és, ara mateix, la comunitat autònoma catalana. València i Balears seguiran a Catalunya, d’això no hi hauria dubte, perquè les connexions sociolingüístiques i històriques podrien acabar apropant-les a Catalunya (i sinó, mireu què està passant ara mateix amb el corredor mediterrani, desitjat en primera instància pel PP valencià i rebutjat, també en primera instància, pel PP madrileny). La Generalitat, amb el seu president al capdavant, ha de plantar-se a la Zarzuela i jurar-li lleialtat al cap d’Estat, mentre aquest sigui el rei d’Espanya, però avisant-li de que Catalunya deixa de pagar i rebre. Quien avisa no es traidor. Se li faria saber que si hi ha histèria, seria el cap d'Estat de dos països diferents i que, en un temps, podria posar-se en discussió la seva persona com a cap d'Estat en un referèndum. Acte seguit, a la Moncloa: se li faria saber al president del Govern Central que, des d’aquell moment, Catalunya deixava de pagar calers i rebre mastegots fins que no hi hagués resposta positiva des de Madrid. Catalunya ha de demanar el que vol, sense por. El xivarri mesetari seria tremebund, però quant més xivarri, més Europa: la resposta catalana ha de ser una denúncia ràpida a les institucions de la Unió Europea, demanant ajuda i comprensió, alertant del xivarri bèl•lic de Madrid. També s’hauria de buscar ajuda a les Nacions Unides. El xivarri irracional es contestaria amb soroll de la raó, de la nostra raó, fent-nos veure com un poble digne. El xivarri de la meseta és, doncs, una oportunitat: hem de deixar de comportar-nos com a victimistes de cara a Espanya; hem de començar a avisar el món que si el xivarri no cessa, Catalunya li dirà al món que abandona el xivarri (Espanya) per moure’s en la tranquil•litat.

Tot això es fa a través del treball, de la feina, voluntària o no, remunerada o no, per a unes conviccions, uns principis, uns valors, per a un país i totes les seves característiques. Hem de buscar noves vies, hem de ser valents. La història ens ha ensenyat que el paper de la víctima crea monstres.

lunes, 12 de julio de 2010

La pelota onírica


Ya ha terminado el torneo Copa del Mundo de Fútbol de la FIFA, este año 2010 organizada en Sudáfrica, y ganada justamente por la selección española.

¿Qué nota le pongo a este Mundial? Un triste seis. No porque el campeón no se lo haya merecido, sino por todo lo que el campeonato ha dado de sí, por su ruido de fondo, que ha “divertido” más a los espectadores (al fin y al cabo, un Mundial de soccer es, después de los JJOO, un enorme divertimento, show, espectáculo, tanto deportivo como televisivo) que no el fútbol sensu strictu. Me detengo en algunos pocos puntos.

Árbitros. Los grandes amigos del soccer, los árbitros, los cuatro colegiados que figuran en un match, los actores secundarios de todo filme futbolístico, han tenido un papel demasiado protagonista. Los árbitros, seres que a veces no parecen humanos por culpa de su tremenda humanidad a la hora de cometer errores (son los que, gracias a sus decisiones, ejecutan aquellas anécdotas que después los periodistas futboleros, más futboleros de taberna que periodistas, apuntan en sus dietarios y recuerdan por los decenios de los decenios a la gente normal futbolera), no se entienden porque la FIFA itself no los entiende, no puede entenderlos o simple y llanamente, no quiere comprenderlos. La FIFA debe tomar nota de los árbitros, debe profesionalizar esta profesión. Y debe acompañar a los árbitros en toda competición: no es justo cambiar a unos por otros después de sus errores, porque así se les humilla. Los árbitros (a los que les guardo respeto pero que no me gustan para nada) deben considerarse como una profesión tangible, necesaria, pero siempre secundaria, neutral, del deporte fútbol. La FIFA debe vigilar que ningún árbitro tenga aficiones por uno u otro equipo, algo harto difícil, pero que, si se trabaja en ello durante muchos años, podrá suceder. Hay que ser optimistas, hasta en lo que tiene que ver con los árbitros.

La Jabulani. Otra cagada de los Señores FIFA. Ya lo dijo el Diego: ¿por qué un grupo de viejos que no saben tocar una pelota de fútbol deben decidir sobre ello? Y yo pregunto: ¿no se han dado cuenta que la Jabulani, pelota onírica, parece más una pelota de esas que regala Nivea y que sirve solo para la playa? Pobres niños pobres de India, siempre complicándoles más la vida. Deberíamos tomar nota de esta pelota como una de las grandes burradas de los amigos Señores FIFA (tal vez comidos de olla por Adidas).

La FIFA. Una casta de viejos pseudoburocratas que pretenden tener demasiado poder en un deporte paradójico pero bestialmente amado como el fútbol. ¿Es que debe presidirla un suizo que no ha tenido jamás nada que ver con este deporte? Si los periodistas futboleros quieren hacerle un favor al lector, que investiguen el funcionamiento de toda federación de fútbol, empezando por la FIFA, la cual debe evolucionar, y mucho.

Francia. Un flop. Mis amigos franceses han sentido una humillación tremenda. Pero yo, como italiano, he reído mucho, hasta que la nazionale cayó…

Italia. Vergogna! Para todos: empezando por el capullo del presidente de la Federcalcio, ese tal Abete, hasta Marcello Lippi y sus friends (la azzurra era más un equipo de torneo de barrio que una selección con cuatro mundiales, representante de un país determinante, importante, relevante, en este deporte). A ver qué da de sí Prandelli… Italia puede presentar un fútbol tan resultadista que llega a ser hasta insultante, pero es un fútbol que, no nos engañemos, sigue la estela del lema imperecedero “El fin justifica los medios”. Es un eslogan que muchos utilizan, muchos realizan en tantos campos que incluso puede llegar a verse legitimado. El fútbol italiano, o la escuela italiana del fútbol, cuya mayor “perfección” es el famoso catenaccio (defender sin cesar, sin querer la pelota, sin dejar de cansar al rival, que la mueve y la mueve, hasta que, como una serpiente venenosa, se lancen uno o dos contraataques efectivos para desactivar all mismo rival), teorizado por un milanés en Suiza y a su vez perfeccionado por un portugués en Milán, la escuela italiana del soccer es una de las más utilizadas junto a la escuela inglesa (muy vertical, sin darle vida al centro del campo) y a la escuela holandesa (teorizadora del tiki-taka, y perfeccionada a tal punto por el FCBarcelona que su “perfección” podría denominarse escuela catalana de fútbol, la verdadera vencedora de este Mundial). La caída de Italia simboliza también la caducidad de su escuela futbolística, la cual debe evolucionar, tal vez bebiendo de las otras dos. Se dice que algunos clubs, el Milan a la cabeza, suspiran por tener a Josep Guardiola como comissario tecnico, ya que podría introducir la escuela holandesa, o por qué no la catalana, en un país que defiende como una característica de su nacionalidad su modelo de soccer. El calcio está obsoleto, debe pasar página, evolucionar, debe sentirse más espectáculo y menos resultado, para sí acometer verdaderos resultados. Italia, eventualmente, ha caído en su mayor error, la gerontocracia: demasiados viejos, hasta en la selección de fútbol. Ahora suenan campanas de renovación, pero quién sabe si veremos a la azzurra levantar su quinta copa del mundo… Yo sí lo espero.

Holanda. Estoy muy contento por esta selección. Se merece al menos una Copa del Mundo. Haber llegado a la final con su fútbol original y originario ha dado un toque de atención a la mayoría de las demás selecciones, cuyo fútbol ha pecado de excesivamente resultadista por no decir prácticamente descompuesto. Holanda, como Estados Unidos, o España, o Uruguay, o Alemania, ha sido uno de los pocos equipos con una idea, su idea, la escuela holandesa. (Lástima que en la final jugase como un equipucho de Tercera Regional, regalando golpes hasta la saciedad).

Brasil. Se merece haber caído en cuartos, y por Holanda. Tiene cinco copas, y que así siga, hasta Brasil’14, donde seguro que ganará (Brasil ha ganado una copa cada decenio).

España. Lo peor: los comentaristas, periodistas y tertulianos histéricos de la meseta; Xabi Alonso, Navas, Torres, Ramos; las pocas cantadillas de Casillas. Lo mejor: la Barça Connection, Del Bosque, Camacho y sus gritos (son tan horribles que se hacen bonitos), que la roja haya llegado donde ha llegado, pues se lo merecía (y creo que se merece mucho más). Después de que Italia cayera, pensé de veras que Argentina sería una buena candidata, hasta que Alemania la barrió. Luego pensé en Alemania, pero ya empezaba a ver cómo España sacaba adelante sus partidos con ganas y cierto buen juego (aunque Xabi Alonso desentonara siempre). España ha jugado con la escuela catalana y ha ganado. Ha jugado con la perfección de la escuela holandesa y, contra los cantos de sirena de periodistas de taberna y afición más que cutre (la Gazzetta dello Sport, en un editorial cruel, tildó a la afición española de la más hortera del Mundial, solo superada por la argentina), ha sabido insuflar de humildad y modestia aquellos jugadores que precisamente no conocen estas palabras (muy pocos, por suerte). Muchos amigos tan catalanistas como yo no entienden que haya apoyado a la roja, y yo les respondo que apoyar a la roja es apoyar fútbol, una forma de jugar el fútbol, y qué más da que después desde la meseta, o desde el norte, o el sur, o las islas, o Madrid a secas, se hagan suyo un equipo en el que tres cuartas partes sean culés y/o catalanas. En este Mundial, como en la Eurocopa 2008, apoyar a la roja ha comportado también apoyar a los catalanes que han querido “representar” a su tierra, Catalunya, con la roja. Tildar a estos señores de mercenarios o, peor, de traidores, es tan irracional como las tonterías que vomitan en Intereconomía contra nosotros los catalanes. Estoy seguro que entre los catalanes de la roja se habla catalán, y que los no catalanes, por lo menos los más inteligentes, lo entienden. Que no exista una selección catalana de fútbol, cosa que anhelo, no es cuestión de estos señores que solamente saben tocar balón, sino que es cosa de políticos, quienes son los que sí deben mojarse, deben defender nuestros intereses por doquier y deben hacer siempre frente común por y para Catalunya. Tildar de populistas estas palabras, como muchos amigos tienden a hacer, es estúpido y sí verdaderamente populista. Por otra parte, la afición marrullera de la roja, alimentada por los medios de comunicación de aquí y de allí, ha sido, otra vez, un buen escaparate del nivel educativo de España (también de Catalunya, que ofrece un nivel educativo muy por debajo de lo recomendado y exigido por la Unión Europea). Además, ahora que España ha ganado y es campeona por justicia, la histeria mediática será más cavernícola que nunca, sobre todo intentando darle legitimidad madridista a un equipo que, sin el alma blaugrana, no hubiese hecho casi nada (y si no, tiremos de hemeroteca y veamos qué hemos hecho en el pasado: la maldición de octavos y cuartos). Un último inciso: san Andrés Iniesta, siempre he creído en ti. Ni Forlán ni leches, eres tú el que se debía llevar el Balón de Oro del Campeonato.

Argentina. Oh, Diego, por Ti, ¿qué hiciste? ¿Por qué tanta gitanería? Como siempre, Diego, vos sos un D10S, sobre todo en tu faceta de showman (decirle a Pelé que vaya al museo y que Platini es un francés que le gusta siempre destacar por su condición de francés es, cuanto menos, genial). Pero el Diego (quien me ganó al pisarle un pie con la rueda del coche a un periodista y gritarle: ¡Pero qué boludo que sós! ¿Por qué ponés el pie debajo de la rueda, viejo?) no ha sabido formar un equipo de fútbol con tantas individualidades (suena a tópico, lo sé). El ruido de los argentinos, aficionados aguerridos, después terminó por crear el estruendo de la caída de su selección (que no se merecía perder por tanto, pero su caída era lógica). Si Argentina (Argentina como país, como idea, como nacionalidad, como savoir faire, como selección, como algo, como todo) se calmase, pensase, rumiase, razonase un poco más de lo que ya razona, sería imparable. Lástima que Argentina tenga alma de artista y se entregue tanto a las pasiones y tan poco a las razones.

Alemania. Löw es un gran entrenador, parece un típico snob berlinés, aunque metido en un banquillo de fútbol. Y su selección me recuerda a la francesa del ’98. Esperemos que en el futuro no caiga en el mismo conflicto racial que ha emponzoñado a Francia.

viernes, 2 de julio de 2010

El 10 de juliol de 2010

Dissabte 10 de juliol de 2010 es fa una Manifestació, amb ema majúscula, per a defensar l’Estatut d’Autonomia de Catalunya redactat el 2006 i establert per les Corts Espanyoles com a Llei Orgànica de l’Estat. El Tribunal Constitucional, que ha de vetllar per la seva constitucionalitat, no s’hi va oposar, fins que va rebre el recurs d’un partit polític i del Defensor del Pueblo.

Retallant, encara que sigui una mica, la voluntat de Catalunya, la seva llei de lleis, retalla al poble català, en totes les seves vertents. La més important: l'econòmica.

L’Estatut del 2006 va néixer després de que els polítics de la nostra nació (i parlo de Catalunya) fessin molt soroll i després pactessin. El greu problema del nostre Estatut, parit pels nostres polítics, no és l’Estatut en sí mateix, como molts demagogs poden vociferar aquí o les terres ermes de Castella. El greu problema d’aquesta llei de lleis és que es va fer amb masses amenaces, algunes pròpiament catalanes i d’altres que ja eren foranes. Va néixer amb soroll, massa soroll, i així es va deslegitimar a ulls d’una ciutadania que ja des de la Transició no es mobilitza, o es mobilitza massa poc (en comparació amb altres països més democràtics): la participació al referèndum fou menor al 50 per cent, i en un tipus de llei així, la participació ha de ser molt major a la del 70 per cent. Una societat democràtica ha de ser principalment cívica. Catalunya és, segons alguns experts, la societat més democràtica d’Espanya, i per tant la més cívica de l’Estat, però no va tenir la voluntat cívica suficient per a donar-li legitimitat total bàsica, des del principi, des de l’origen, des de l’acte “constituent” de l’Estatut ’06, des del referèndum. No ens enganyem, l’Estatut en sí va néixer amb achaques, como es diria en castellà. Després, a Madrid els nostres polítics, els catalans, no van saber posar-se d’acord en defensar-lo.

La llei de lleis catalana, un apèndix de la Constitució de 1978 (perquè si no ho fos, Catalunya seria un estat independent), ha estat maltractada. La veritat és dura, mai agrada, i si ha fracassat és també per culpa nostra, dels catalans. Els nostres polítics, no ens enganyem, sempre voldran veure aquesta llei de lleis com una criatura pròpia, i de fet ho és, perquè va ser la classe política que va voler la millora de l’anterior Estatut, de 1979. Ara tenim la oportunitat que la Manifestació sigui una gran mobilització del poble de Catalunya, emprenyat, menyspreat, contra els propis polítics: la classe política no s’ha de fer propietària d’aquesta manifestació. He llegit als diaris que per una banda ERC no desitja que es col•loqui cap bandera europea; per altra banda, el PSC rebutja el lema “Tenim dret a decidir”; CiU preferiria no posar-se al costat dels socialistes, i la família Pujol-Ferrusola intenta que la Manifestació es vegi com un acte anti-tripartit (que de retruc seria anti-Generalitat). El Partit Popular, per la seva banda, en la seva línia, amb voluntat de marginació a Catalunya per la seva condició de representant de la dreta pura castellana (o com dirien els anglesos, the primitive Spanish conservativeness).

Els sindicats han dit que hi assistiran. Les patronals esperen temps, però si no s’hi presenten obriran també un dilema social: “obrers catalans contra patrons espanyols?”

Aquesta Manifestació ha de ser històrica: tenim una oportunitat d’or per a fer-nos sentir com a poble cívic i civilitzat; no hem d’anar contra un país, Espanya, ni contra un Govern, el tripartit, o contra un govern que per molts és cada cop més aliè (l’Espanyol). Hem de manifestar la nostra voluntat d’existència, de rebuig a una idea autoritària que ve des dels muetzins de Madrid (ciutat que, si volgués, seria molt més simpàtica a ulls nostres).

Proposo que la Manifestació presenti milers de senyeres i banderes europees. Que les quatribarrades i les blaves-amb-estrelles ondegin per tota la marea humana que pot ser rellevant pels anys que vindran. Ha de ser una Manifestació històrica. Encara falten vuitanta anys per a que s’acabi el segle XXI; esperem que l’any 2100 vegin com aquesta Manifestació del 10 de juliol posà els fonaments per alguna cosa millor per a Catalunya.

Ara hem d’esperar la sentència completa. I veure què passarà abans i després de la Manifestació. El temps ens dirà si tot aquest soroll ha estat un fracàs o una mena de triomf.

viernes, 11 de junio de 2010

Sobre Los Simpson

De todas las series animadas para público adulto que se dan en la tele, Los Simpson es seguramente la mejor de todas. Ideada, creada y parida por un filósofo, Matt Groening, Los Simpson ha sabido parodiar toda la sociedad estadounidense y, de rebote, toda la sociedad occidental. Ahí radica la grandeza de esta serie. Cuando vemos las burradas de Homer, o las mojigaterías pedantes pero necesarias de Lisa, o las cabronadas de Bart, o las preocupaciones de Marge, o el chupete de Maggie, o la obsesión maternofilial del director Skinner, o el alcoholismo endémico de Barney Gamble, o la sociopatía de Moe, o la amargura de las señoritas Krapappel y Hoover, o el fanatismo religioso de Ned Flanders, o la incompetencia del jefe Clancy Wiggum, o la corrupta política del alcalde Joe Diamond Quimby, o las frustraciones del actor secundario Mel, o la rabia del actor secundario Bob, o el asco por la vida de Krusty, o el tabaquismo de Patty y Selma, o la lameculonería de Smithers, o el demonio que hay en Charles Montgomery Burns, o al timador Apu, o a la bravuconería del desgraciado Nelson Muntz, o a la estupidez social de Martin Prince, o al repipi de Milhouse Mussolini Van Houten, o al guarro Willie el jardinero, o todos (toditos) los invitados que han pasado por la serie desde los presidentes Reagan a Obama, cuando nos reímos con todos ellos vemos los estereotipos que nos envuelven y que, por algún hecho de nuestros tiempos, se han convertido en algo inherente a nosotros mismos.ç

Los Simpson son un conglomerado de personajes animados que conforman una obra de arte con el mismo nombre: The Simpsons. No hay más.

Es una serie cruel que quiere ser cruel y que, regocijándose con esta crueldad, pretende que nos riamos de la victima de dicha crueldad: nosotros mismos. La sociedad occidental en general. Springfield, ciudad sin estado pero con nación (los U.S.A., como canta a veces Homer en pleno patriotismo esporádico), es un simposio de personas, caracteres, almas que han entrado de lleno en la cultura pop y que la gran mayoría conoce desde hace ya casi veinte años. Y los que siguen.

Homer es un idiota. Punto. Un sumo, pleno, absoluto y total idiota, un imbécil. Esta es su gran desgracia, pues a partir de esta suya idiotez es machista, mal padre, egoísta, glotón, borrachuzo, gandul, intelectualmente deficiente y muy gracioso. Así, su mayor desgracia, la idiotez, es también su mayor virtud: no se preocupa por el futuro, es un ingenuo empedernido y el pasado no siempre le es importante: para él solo está su presente, su felicidad (algo que, por su desgracia, viene acompañado por las vidas de sus tres hijos, su padre, su esposa, sus cuñadas, su suegra, sus colegas, en definitiva, su familia). Homer tiene una némesis: Frank Graimito Grimes; némesis que el mismo Homer, sin saber, se quita de en medio. Su némesis dura un solo capítulo y el hijo de la misma, otro también. Pero Homer tiene un montón de enemigos: su hijo, Ned Flanders, su jefe, su padre, sus cuñadas, a veces su mujer, sus mismos colegas (porque Homer no tiene amigos, sino “colegas” de parranda, de trabajo, de circunstancias), su reverendo, Ned Flanders otra vez, Homer J. Simpson, el niño alemán con tetas, su familia en general, la mafia, el ex presidente George Bush Sr., su hermano bastardo, etc. Por tanto, el antihéroe Homer se convierte en un héroe contemporáneo que hace unos meses ha sido aclamado por Time como el personaje más influyente de los últimos veinte años.

Marge, quien lleva el mismo apellido que Jacqueline Bouvier (first lady de JFK), es una esposa paciente, tranquila, de moño trabajado, de belleza madura, amante de su familia… un todo que la encierra en una jaula de la cual, en más de un capítulo, ha querido salir mediante ataques de histeria o voluntades de trabajo esporádico, pero que al final siempre (siempre, siempre) vuelve a su jaula, a su casa, a su familia, que depende de ella en todo. Marge es la casa de los Simpson.

Lisa es una intelectual brillante, vegetariana, budista, animalista, progre, marginada, pedante y muchas veces insoportable, aunque guapa (y que llega a estar buena de mayor) que prepara un futuro, sin saberlo, de presidenta de los Estados Unidos (o como Bart la llama, “una funcionaria”) a pesar de los obstáculos que su existencia le repara. Lisa es una superviviente nata. Es la heroína de la familia, junto a Maggie, el mejor personaje de todos, quien solamente ha dicho “papá”, una sola palabra una sola vez en veinte años de serie. El silencio apañado, espabilado, valiente, astuto y tranquilo de Maggie es lo mejor que tiene la serie. Aunque por culpa de este silencio Homer a veces se olvida de Maggie (a quien llama “el bebé”) y la familia no se da cuenta de que la nenita es una amante de las armas de fuego en potencia. Bart, el cabrón, El Barto, es la definición de gamberro en todas sus facetas. Es el Nietzsche Simpson. Es el más cruel de todos y el que, gracias a su recurrente cerebro repleto de genialidades gamberras, supone una continua prueba de fuego para su padre, de quien a veces imita la idiotez.

Otros personajes merecen mención especial. El abuelo Abe (Abraham J. Simpson) es un facha maccarthista redomado, nostálgico de Ike Eisenhower y de sus batallitas en la Segunda Guerra Mundial, machista (es la principal razón del descarriamiento flower power hippioide de Mona Simpson) y origen de la idiotez de Homer. Hay una escena que a mí me parece sublime: Homer de niño que mira la tele en blanco y negro y en ella aparece el presidente Kennedy que le contesta a una periodista: “Permítame, querida, que le responda a esa pregunta con una sonrisa”, a lo que todos los corresponsales sonríen, tan enamorados del presidente como cualquier conciudadano americano en los primeros ’60, Homer incluido. Seguidamente, Homer se acerca a la cocina, donde solo vemos las piernas de su madre, y a su padre, sentado y leyendo un periódico, y le dice ingenuo a su mamá: “Mírame, má, soy el presidente Kennedy”. “¿Tú presidente?”, interfiere Abe. “Este país se ha dotado de leyes que impidan que tontos como tú lleguen algún día a ser presidente”. (Y esta escena da qué pensar, pues es muy anterior a que George W. ganara dos veces la presidencia de aquél país). Abe es también un idiota, aunque viejo, chocho, gagá, que recibe la rabiosa venganza de su hijo en el abandono al que se le obliga en el Castillo del Jubilado de Springfield. Abe, como Homer, solo tiene colegas: Jasper y el Viejo Judío Norbert (el que en un episodio canta con los pantalones bajados: “esta yegua no es mi vieja yegua gris, no es mi vieja yegua gris…”).

Otro personaje especial es el señor Burns, un hombre de ciento veinte y algo de años que se reúne con nazis, terroristas de Al Qaeda, el diablo, guerrillas latinoamericanas y el Partido Republicano de Springfield, todos exponentes del mal en la serie. A pesar de su malicia, Burns es débil, y se sustenta en la vida que le da y le ofrece sin rechistar Wailon Smithers, su perro faldero que lo ama y lo desea. En la misma planta nuclear que crea peces de tres ojos está Lenny Leonard junto a Carl Carlson, siempre juntos. Y en el centro comercial, con el Zurdórium de fondo, está Ned estúpido Flanders, alter ego de Homer y una figura que tanto sigue a Dios cuanto Dios se lo quiere sacar de encima sumiéndolo en la tristeza (por ejemplo, dejando que Homer sea 90% culpable de la muerte de Maude) Flanders, con sus dos hijos mariquitas, es necesario para los Simpson, pues les recuerda que existe una ética, una moral cristiana indeleble del being American.
Aunque lo mejor de todo es que en cada ciudad, en cada comunidad, hay personas muy parecidas a los personajes inventados por Groening. En Barcelona, por ejemplo, Quimby tiene a su hermano gemelo gobernano la ciudad condal con el mismo savoir faire corrupto.