
Cuento corto del marinero y la negra
Cuando sorbes el whisky sientes un gustirrinín como de sauce y cuero, pero con una estupenda pizca de perfume de rosas marchitas que hace que tu garganta sienta pinchos de guindilla. Ésa es la efervescencia del gusto del whisky escocés, de color entre el marroncito casi amarillo y el ocre dorado. El whisky es la bebida preferida de Joe MacLiving, un vecino de la Ciudad Condal de aspecto arisco y tozudo, con alguna que otra verruga en su cara de tapia, con algún que otro cabello blanco suelto en la bola de billar reluciente que le hace de testa, con alguna que otra manchita en sus manos de viejo lobo de mar. Lo más curioso del beodo Joe MacLiving es que, aun siendo un tipo extraño, un bicho raro, un putero empedernido dentro de la lumpernal fauna del barrio chino, aun siendo un hombre con las horas contadas, sigue viviendo la vida trago a trago, sorbo a sorbo, respiro a respiro, suspirando una bocanada de vida fresca en todos los rincones de esta ciudad burbujeante de podredumbre moral.
Hay un algodonero de Kansas que canta leyendas sobre un hombre que sangraba girasoles. En Kansas, una tierra plana y verde y casi olvidada, había una cárcel donde residía un hombre de que tenía la maldición de la sangre de girasoles. El canto entona así:
Había de todos un hombre
tan amarillo como los girasoles del desierto,
de ojos oscuros y andares más negros,
de mirada supina y boca de hierro.
Ese hombre de sangre
con girasoles de desierto
no pretendía el amor
ni la prisión
de su bostezo.
Bostezo de soledad,
de hombre alucinado,
acojonado,
anonadado,
por la cantinela de las algodoneras.
En una cárcel de Kansas,
de sangre amarilla al sol,
estaba el hombre triste
de sangre de girasoles
del desierto.
La canción perseguía los guardias de la Kansas State Prison, sus celdas, sus monstruos, sus funcionarios y sus dioses. Todos conocían la muerte que sintió el hombre que sangraba girasoles: como si nada, una vez contó por fin por qué le habían quitado su libertad. No había matado ni robado ni violado ni amado ni odiado ni prácticamente cometido algún mal. El hombre poseía magia, y por ello lo habían confinado en una celda ocre con una pequeña ventana, aunque sin rendijas. Porque le habían dejado la posibilidad de mirar los prados de Kansas, siempre y cuando no sangrara girasoles. Su magia era su sangre, de pequeño ya lo había presenciado: de una herida, no brotaba un líquido deslumbrantemente rojo, sino una confección perfumada de pequeños girasoles que, una vez eran libres, se agigantaban, colonizaban el suelo y volaban hacia el cielo, convirtiendo al herido en monstruo y al daño en alucinación. Su padre, un paleto de chatarra, lo llevó de feria en feria, de carpa a carpa, sacándose unos pavos para poder tomarse el aguardiente colombiano que tanto necesitaba. Enseñaba a las huestes analfabetas y gritonas al hijo que por magia sangraba girasoles, relatando su vida y su soledad. Con un cuchillito le hacía una pequeña herida en el brazo, y obligaba a contemplar la proeza de la naturaleza. Miren a mi hijo, decía a gritos, que sangra girasoles. Miren a mi churumbel, continuaba, que no siente dolor ni pavor. Porque yo soy su padre, terminaba, su único tutor, el que lo ama y le cuida. Entonces sucedían los aplausos, los chillidos de admiración. ¿Es inmortal? ¡Con gusto! ¿No sabe qué es la muerte? ¡Pero si ni conoce el dolor, señores! Y el niño que sangraba girasoles fue coleccionando diminutos cortes en sus brazos y sus piernas durante años y decenios, viendo como su progenitor engordaba, envejecía, compraba algún que otro esclavo en las subastas de los estados sureños, se hacía construir una mansión en las ciénagas de Luisiana y se iba de putas en los burdeles de Atlantic City. La sangre de girasoles se convirtió en sueldo seguro para el paleto que tenía como padre. Hasta que un día, en la casona columnada y blancuzca blanquecina de los cenagales de Luisiana, el hombre que sangraba girasoles encontró a su padre gordo y viejo envuelto en la propia sangre del padre, tan roja como los atardeceres del Caribe, de un escarlata estremecedor. Su padre no sabía que su estómago había ido sangrando por culpa de una úlcera tremenda, fruto de las cantidades ingentes de alcohol que llegaba a tomar cada día, y se había ahogado con su misma sangre normal de hombre normal, dejando huérfano y rico al ahora hombre que sangraba girasoles. Los periódicos llamaron a la noticia: ¡La sangre de girasoles, millonaria! ¡El hombre de la sangre de girasoles ya no tiene agente! ¡Murió el papá del señor que sangra girasoles! Le llegaron visitas de todas partes, pero el hombre que sangraba girasoles dijo a todo el mundo que no quería seguir sangrando, que él también sentía dolor, y que si había hecho todo ese circo con su padre era para ganar dinero y sacar adelante al patrimonio familiar. Palabras huecas que disgustaron a los públicos, porque con el paso de los meses y la honda nostalgia de las gentes hacia esas ferias especiales con un hombre que sangraba girasoles y por tanto no conocía la muerte, porque con el paso del tiempo el hombre tuvo que viajar de vuelta a Kansas por culpa de la insistencia de las gentes, dejando Luisiana en manos de los rebeldes del sur, llevándose consigo a los negros, que al llegar al norte se alistaron con los unionistas y buscaron su propia libertad. A él, en cambio, prefirieron no quererlo en las filas armadas, y le pidieron que no estorbara. Hasta que recaló en Kansas, donde, mendigo y vagabundo, se entregó a un sheriff enseñándole su desgracia. Lo encerraron en la Kansas State Prison, y desde aquél momento los rumores de guerra y los tambores de melancolía contrataron una canción que terminaba así:
de un borracho analfabeto
el hombre de sangre
con girasoles del desierto
terminó en Kansas,
de pordiosero con sorpresas,
su peculiar derrotero.
Hoy los negros que antaño fueron algodoneros siguen cantando estos versos y pocas rimas para contar la historia de un señor que sin su sangre de girasoles hubiese conocido la muerte.

